jueves, 23 de febrero de 2012

El Flaco

No recuerdo la primera vez que escuché “Muchacha ojos de papel”, pero sí esas vacaciones en Gessell, las primeras sola, los que me hacían sentirme “grande”, conviviendo con cinco o seis amigas en un departamento de tres ambientes. Algunas pedían que por favor eligiéramos otro disco, que dejáramos de escuchar el cd grabado con 11 canciones entre las cuales estaba esa, y que poníamos una y otra vez mientras nos arreglábamos para salir. Teníamos 15 y 16. Recuerdo un silencio sepulcral, primero, y un coro desafinado que intentaba entonar “no llores más muchacha, corazón de tiza”. Lo otro que se me aparece segundo en la memoria, salteándose unos cuantos escalones en la cronología de mí vida, es que uno de esos amores cortos, pero lindos, de los que quedan como un guiño feliz en el alma, me regaló Cantata de puentes amarillos. Me la pasó por msn, y cuando la escuché literalmente me crujió el corazón. Y por último, volviendo caprichosamente atrás en el tiempo, aparece en mi memoria el campamento de sexto grado, cinco amigas y yo, rodeando los parlantes del discman, para aprendernos de memoria las canciones de Almendra y Sui Generis. Fue en uno de esos días que aprendí que la voz del Flaco era demasiado profunda para algunos momentos, que no iba con todos, que debía guardarse para esos, para los especiales. Ya de grande, Spinetta se sumó a la cruzada de uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cada vez que lo vi en un recital, en una foto o una entrevista con la remera de Conduciendo a Conciencia, recordando que el alcohol, la imprudencia y el volante no se mezclan, que con eso no se jode, se me personificaba una cuota de irrealidad en el presente. Eran dos cosas difíciles de mezclar, su voz y eso que tanto me marcó, y sin embargo ahí estaba el Flaco, recordándonos que todos podemos ser, que a todos nos puede pasar, y no con el oportunismo que genera una tragedia en el presente, sino manteniendo su apoyo en el tiempo. El si se dejo la camiseta siempre puesta. Alguna vez a mi viejo le sorprendió, le pareció simpático y hasta extraño, que disfrutara tanto la música de su juventud. Estoy segura que pensó que era una etapa más, una moda más. Y sin embargo esa música nunca me abandonó. Hoy mi columna es otra más de las miles que surgieron en los medios y que buscan homenajear a alguien que con su arte acompañó a muchos. Cuando una persona así se va (como leí en algún lugar, las palabras no son mías) uno siente que pierde a un familiar. Spinetta logró cercanía con su música. Estar en los momentos más íntimos de miles, por no decir millones. Es como cuando uno recuerda algo por un olor o una sensación. El Flaco es ese olor y esa sensación. Y aunque ya no pueda crear más música, desde donde esté, nos dejó de sobra. Sus canciones son de esas que no se gastan, que no se rayan, y que sirven de por vida, para acompañarnos tanto en la memoria como en la calle, cuando uno camina ensordecido por los auriculares, o en la intimidad del presente. Por eso, la mejor forma de agradecerle, por su sinceridad, su brutalidad y por saber combinar tan bien una letra con otra, una palabra tras otra, es seguir escuchándolo y dejándolo seguir acompañándonos en todos los momentos que vendrán.

lunes, 23 de enero de 2012

Muñeca atemporal



Hace algunos años, exactamente en enero de 2006, dejé de usar reloj. Las circunstancias son obviables, pero hacen de la historia algo más que un cuento.
El lugar era Brasil. A mi pesar, fui la única de nueve personas que decidí llevar reloj al viaje. Los celulares estaban desactivados, y salvo interpretar la posición del sol, era la única fuente de información.
Las nueve, yo incluida, teníamos la necesidad de saber a cada rato en qué momento del día nos encontrábamos. Si era la hora de comer, de la siesta, de sortear quién se bañaba primero o simplemente si el horario que imaginábamos se asemejaba o acercaba al que marcaban las agujas.
Al tercer de 24 días, me cansé. Mi mochila se llenaba de arena cada vez que la averiguación se llevaba a cabo en la playa. Mi lectura se veía interrumpida unas cinco, quizás seis veces, mientras esperaba paciente mi turno para el baño. Y ese día lo dejé. A pesar de los “peros” de mis amigas, mi decisión fue irrevocable.
A la vuelta intenté reincorporarlo a mi muñeca, pero libre de ese peso temporal, había cambiado su anatomía, ya no soportaba la molestia de la maya chocando contra ella o el desagrado del calor mezclado con el roce de la piel quemada.
Hace poco me di cuenta que en mi camino hacia la redacción miraba el reloj una vez por parada. En total tengo 19 estaciones y, por lo menos, promediando y sumando las diferentes caminatas, 20 minutos a pie. Eran muchas consultas al celular, hasta que me autoconvencí de que sin importar las veces que mirara el reloj, el tiempo no iba a pasar más rápido.
Los ambientes, las circunstancias, te llevan a apresurar el ritmo de la vida misma. La ansiedad se ve en la aceleración del paso, en la molestia del ritmo. Hasta los latidos se tranquilizan cuando uno decide no pensar, ni mirar, el tiempo.
Se llega cuando se llega y se tarda en ir lo que se tarda en pensar el camino. No importa cuantos segundos conforman una cuadra o si el tren tardó dos minutos más de lo pautado en su cronograma. Cuando el tiempo se precipita, cuando urgen las ganas de alivianar el peso para llegar antes, hay que dejar de mirar el reloj. Pensar que las ganas no se condicionan con la duración, salvo que el tiempo se mida en historias recordadas, es saber que no hay prisa sin apuro.

(Publicado el 15 de enero en la contratapa del Diario La Unión)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Consejos de él, para una soltera como yo


Me quedo con la frase de un amigo: "se llama empezar a vivir".
Entre su ironía y mi cara de “no estoy para esos trotes” hay un viaje largo en el 160 y una historia de caminos.
Mi hipótesis central es que asociar un colectivo a una persona es perder un recorrido para siempre. Para él, esa asociación libre es cagarte un viaje con música deprimente y pensamientos que se terminan apenas pisa el cordón de la vereda.
Los bombones rellenos nunca son buenos, si no son de menta tienen licor rancio o algún relleno viscoso de origen desconocido. La misma sensación que me da retornar al sinuoso camino de las citas (sin saber cuando decidí alejarme de esas rutas con derrumbes programados) o como dice él, mi amigo (al cual vamos a mantener bajo el anonimato de ese pronombre), “volver al ruedo”.
Cada vez que huelo la lluvia próxima de verano pienso en el pobre desgraciado que será blanco de mi próximo enamoramiento. El olor de esas gotas despierta mis instintos más clichés y me nubla de romanticismo hasta el próximo invierno, o hasta que el verano le ponga fin a un sentimiento que en algún momento creo indeterminado.
Entre octubre y noviembre encuentro al amor de mi vida para luego abandonarlo (o ser abandonada, lo cual sensibiliza mi lado de drama queen) en febrero, cuando a la magia de los treinta grados le queda poco más de un mes.
“Esa soy yo, la que siempre comete el mismo error de creer que los amores de verano pueden llegar a durar más allá del 21 de marzo”, le digo a él, que ahora me mira con cara de “cuanto falta para tu parada o para que se termine este lamento”.
Y largo mi segunda hipótesis, esta vez cargándola de ironía para que el semáforo dure menos: “No se si es miedo a que baje la temperatura y los hombres decidan ponerse polera o al compromiso”.
Durante un silencioso autodebate, mientras mi amigo responde su teléfono de ringtone rockero, una pareja hace lucha de dedos en la vereda más cercana y acapara mi volátil atención. La historia es así: caminan agarrados de la mano. Instintivamente ella se la aprieta demasiado, por nervios supongo, él (que no es mi él sino el de ella…) intenta estirar los músculos sin que ella lo note. Ella, cada tanto, se la suelta, avergonzada. Él, con ternura, se la vuelve a tomar. Los dedos se estrangulan unos a otros, pero felices, son dedos que mueren entreverados, pero felices.
Mi amigo corta su misteriosa llamada y le digo: “ves, eso quiero yo”, como cuando pasaba por la vidriera de la juguetería que en su nombre tenía la palabra “mundo” y veía la nave espacial playmóvil que completaría mi vida con la misma intensidad que ahora lo haría un hombre. Su respuesta son dos ojos perdidos en las cuencas superiores de su cara.
“Esto lo vas a escribir ¿No?”, se sabe víctima de mi columna, pero hay una autorización oculta en esa frase y en la siguiente: “ya que le hablas a las minas solteras, poné que no sean tan histéricas”. Mi respuesta es un reproche verborrágico, un “no entendés nada”, un caes en la misma que todos lo hombres y en un suspiro que lo saca aún más.
Como todo viaje, se termina. Este colectivo, el 160 tiene una persona asociada, y mi amigo lo sabe. Después de pasar por el boliche donde nos dijimos el primer hola, el bar donde conocimos el adiós (que según mi memoria subjetiva fue mutua) y las cuadras que recorrimos de la mano, pero sin estrangular nuestros dedos, mala señal. No hace falta sacar el google map para explicarle a mi amigo el recorrido de esa frustración, la conoce más que yo.
Pero con miedo a deprimirme en plena cuenta regresiva hacia el verano, con la apertura mental para volver al sinuoso camino de las citas y las ganas de que todo sea más sencillo, me vuelvo a quedar con una frase, mejor dicho una palabra, que me dijo antes de bajarme, dos paradas antes que él: “relájate”.

sábado, 8 de octubre de 2011

Todos

A cinco años...


Solo una vez escribí sobre esto para alguien más. Puedo hablar del tema, la gente a veces se asusta por la facilidad con la cual cuento los hechos. Pero la palabra escrita para mi tiene otra importancia. Es difícil, me cuesta, le da un valor que no puede ser borrado y menos aún si está escrito en un diario. Suelo usar este espacio para reírme del amor, dramatizarlo, actuarlo, mentirlo y hasta sentirlo. Suelo darle vuelta a las palabras, jugar con ellas para que digan lo contrario de lo que suelen decir. Pero esta vez, esta vez quiero ser sencilla y directa, para que se entienda, pero sobre todo, se sienta.

Hace cinco años, el 8 de octubre de 2006, volvía de la escuela que apadrino, en el Paraisal, Quitilipi, Chaco, cuando un camionero ebrio choco el micro en el que viajaba. Nueve compañeros y una profesora fallecieron. Y la vida de muchos otros se modificó, irremediablemente.

Recuerdo cada detalle de ese día. El antes y el después. El ir enterándome de a poco de lo que había sucedido y pensar que eso no podía estar pasándome a mí. Hay cosas que uno jamás va a poder olvidar y aprende a vivir con ellas, pero cuando la realidad se convierte en una hecho constante, duele aún más.
Como periodista me toca ver y editar noticias sobre accidentes todos los días. Como persona, me toca revivirlos en los medios, todos los días. Y cada vez se me encoge un poquito más el alma. Se vuelve a estirar, con el tiempo se vuelve a acomodar en su lugar, pero eso no significa que no duela.

 No es accidente lo que se puede evitar. Eso es lo que aprendí a la fuerza hace cinco años. No es accidente si realmente se puede evitar, pero sobre todo si se quiere, si esta la voluntad. Porque ese conductor decidió manejar en ese estado, pero si los bares al costado de la ruta no vendieran alcohol, no se hubiese podido emborrachar. Si existieran más controles en las rutas, mejores rutas, si los peajes reportaran cuando ven algo extraño, al igual que otros conductores, si todos decidiéramos no hacer la vista gorda, es camionero ebrio no hubiese llegado al punto de conducir casi en coma alcohólico, por la ruta 11. Y doce personas, en total, no hubiesen perdido la vida. 

1.2 millones de seres humanos mueren anualmente en el mundo por accidentes de tránsito. Durante 2010, 7.659 argentinos perdieron la vida en las calles y rutas del país, 21 cada día, 638 cada mes. Lideramos el ranking mundial y esta vez, ser los primeros, no es un orgullo nacional.

Tantas veces me pelee con amigos que luego del accidente siguieron manejando ebrios, como si ellos fueran inmunes. "Yo puedo manejar, voy más lento, pero puedo". "Tengo buenos reflejos". “No tomé tanto, he manejado estando peor”. Son todas excusas baratas, pretextos que pueden quitarle la vida no solo a uno, sino muchos, miles.

Hace poco, luego de un pequeño choque que tuve yendo al trabajo, alguien me dijo: "vos tenes algo con los accidentes". En ninguno de los dos iba manejando yo. Aun así, no tengo algo con los choques ni los choques tienen algo conmigo. Porque no pasa una sola vez, no pasa dos,  pasa miles de veces por día.

No sé cuanto efecto tendrán estas palabras, pero por lo menos a mi me sirve escribirlo. No es muy difícil de entender, si manejas no tomes. Si vez que el conductor a cargo tomó, no te subas, sacale las llaves, no lo dejes manejar.

Que una de las mayores epidemias del mundo se podría evitar tan solo tomando conciencia, pero que aún así no lo logramos, es una de las mayores estupideces que escuché en mi vida.

Miles de vidas se modifican irremediablemente por día y no hablo solo de las que se pierden, sino las de sus familias, amigos, las que lograron sobrevivir pero que van a llevar una marca siempre, cada vez  que la calle se los recuerde.

Divididos, en su disco Amapola del 66, en homenaje a los que perdieron la vida ese 8 de octubre interpretan una canción que en su estribillo dice: Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser. Y más allá de la verdad que encierran estas palabras, y más allá de que no te interese pensar en nadie más que en vos, desde tu egoísmo aunque sea… no mates, respetá, por favor, a los que optamos por seguir viviendo. 


(Columna publicada el 9 de octubre en el Diario La Unión)

domingo, 21 de agosto de 2011

Chamuyo en Red




Es cuestión de actitud. Ya lo decía Fito. El chamuyo a través de redes sociales queda más en la actitud cibernética del posible candidato que en las ganas de que se haga realidad. El tema ahí son los ex, los muertos en el placard y esos que siempre te parecieron lindos pero que ni por casualidad te animás al “¿Perdón, nos conocemos?
No soy de las que creen que el futuro amoroso se puede encontrar online, conozco casos, pero creo que son como esas enfermedades raras, que se cuentan por millón. Pero tampoco lo creo un mal innecesario, se puede, cada tanto, darle bola al chat de ese desconocido que sí te dice “¿Perdón, nos conocemos?”. Mal no le hace a nadie, y como mucho, el inhumano pero efectivo “eliminar” siempre está a dos clicks de distancia.
La cuestión es cuando el amigo de tu amigo que conociste durante unos breves quince minutos, en una fiesta olvidable pero presente en tu memora gracias a él, te agrega a Facebook. Lo normal es que te dedique un “¿Te acordás de mi?”, pero suele ser más común que quede todo ahí o que se dedique a mirar tus álbumes de fotos a que te hable. He ahí la cuestión, ¿Para qué agregar a alguien si no le vas a hablar? Cuando el chamuyo no llega a ser ni monosílabo, es cuando más odio me genera.
La otra cuestión es cuando cambiás tu estado civil. Siempre fui de las que deja ese casillero vacío, pero un día se me dio por asumir públicamente mi soltería y fue menos productivo que chupar ostias. Lluvia de comentarios. Que si antes no estabas soltera, que si acabás de cortar y con quién, porqué una chica como vos esta sola (¿una chica como qué? ¿Con esta cantidad enorme de problemas psicológicos? ¿Con cuatro piernas como reina de circo? Ahh no, solo era chamuyo…). La verdad es que hubiese sido menos efectivo y más productivo gritarlo por la ventana y que me contesten tan solo un par de locos.
Pero sin perder el hilo de esta conversación (mental y pública), aceptemos que, cada tanto, esos mensajitos perdidos de extraños nos hacen bien al ego y al autoestima (claro que son cosas diferentes). Por eso, quedarse hasta las tres de la mañana conociendo a un posible compañero de departamento, cuando tenes bien en claro que te vas a mudar sola, no siempre está tan mal. Te acompaña en el insomnio, te saca una sonrisa cuando al otro día te levantás y recordás la conversación y es, quizás, un posible futuro candidato. ¡Ojo! amigos de amigos eh. Nada de desconocidos que pueden tener un cuchillo escondido detrás de la camisa en la primera cita.
Por eso, a pesar de que la hiperconectividad tiene sus contras y que, aunque no le quieras dar tu teléfono a algún androide insoportable se las va a arreglar para encontrarte online, seamos realistas: en épocas de príncipes flacos y donde el azul se convirtió en marrón, quizás, solo quizás, el caballero que esperás llegue a través del cable Modem.

sábado, 20 de agosto de 2011

Caminando libros





Suelo tener la tendencia suicida caminar y leer a la vez. Si, y también puedo masticar chicle. Conozco los caminos a mi casa con menos gente, para tropezarme lo menos posible, y los departamentos que se iluminan solos de noche, para aprovechar la luz. Más de una vez estuve al borde de la muerte y me salvó un bocinazo. Me he quedado parada por tiempos indefinibles en las esquinas esperando que el semáforo cambie, cuando ya lo había hecho varios pares de veces. También he pisado varios “regalos”, que de suerte no tienen nada, por andar mirando en la dirección correcta, pero sumergida entre las hojas.

Espero a mis citas con un libro en la mano y si es necesario, un lápiz o resaltador. Apoyada en alguna pared, o esperando que me abran la puerta. Espero así porque son esos mundos, los que se dibujan entre las letras, los que me sacan el nerviosismo del primer encuentro que suele durarme, por lo menos, hasta la decimonovena cita. Pero cuando el susodicho arriba, lo guardo rápido, para que no se note el nerviosimo trasmitido a mis manos. 

Cuando la lectura lo permite, camino a su ritmo. Pasitos cortos o largos, dependiendo de la gramática. Saltitos espásticos o ritmo simétrico, según el personaje. Creo que fue Romeo y Julieta quien me cobró un bastante doloroso esguince, porque convengamos que creerse Julieta en medio de una avenida no tiene nada de seguro.

Es que hay libros, personajes, que permiten un caminar distinto, que permiten ser caminados. El balance de ritmo y miradas furtivas hacia adelante depende proporcionalmente del volumen del tono, pero no de la cantidad de páginas sino del peso de cada historia. He visto varios lectores sueltos en la ciudad. He visto como las baldosas sueltas se ensañan con ellos y como los demás se molestan por la pérdida de equilibrio cuando sueltan el caño del colectivo. Hasta me he topado con lectores sueltos que llevan el mismo ejemplar que yo, coincidencia que se merece una sonrisa y un mostrar de página, para saber por dónde anda cada uno. 

Por eso, sin ánimo de contagiar, tan solo siendo una modesta invitación, un aliento hacia una experiencia nueva, proclamo a la lectura caminante como la fusión de dos aventuras, la de caminar por esta ciudad y la de andar por esa otra, la que se lleva entre mano y mano, con ritmos disímiles y con tropiezos bien merecidos, la que cambia según el encuadernado. Y con esa bipolaridad de mundos, llevarse por delante a más de uno, que quizás no esté leyendo el mismo libro, pero él o ella ya lo haya hecho y, juntos, poder terminar esa nueva historia.

miércoles, 27 de julio de 2011

Cada cinco minutos



Me desperté tarde. Nunca supe poner la alarma, cada noche te pasaba mi celular y te decía la hora exacta, siempre impar, en la que tenía que levantarme.
No llegué ni a bañarme. Con el pelo engrasado, unos dientes mal cepillados y manchas de desodorante en la camisa negra, me subí al primer taxi que encontré. Con vos nunca me tomaba otra cosa que colectivos. No hace falta, decías. Las cuadras que había que caminar era lo que nos terminaba de poner de buen humor, los dos con los ojos todavía semi cerrados, pero de la mano, siempre de la mano.
Al llegar al punto Q, como lo llamabas, me colgaba de tu cuello ejerciendo el peso necesario para que te inclinaras hacia mi, y te besaba rápido, esperando que vos lo alargaras, lo eternizaras, hasta el momento del reencuentro, cuando los dos nos acurrucábamos en tu sillón preferido. 
Ahora estoy llegando tarde, quizás es mejor que no vaya. Yo diría que es mejor que no vaya. Llegar tarde a una entrevista de trabajo es como pedir que te echen antes de entrar. Y todo es tu culpa, o la mía, o la de ambos. Ya no importa. Otra entrevista más perdida y el departamento que ya no se paga de a dos. Y vos y tu valija, y tus cajas, y mi planta, que se fueron hace 27 días. 
Mañana voy a aprender a poner la alarma. El problema es que vos eras mi alarma. Yo la apagaba cada cinco minutos, cada nuevo aviso. Pero eras vos el que la ponía media hora antes, porque sabías que 30 minutos después me ibas a despertar, con un millón de besos y las palabras justas para recordarme que llegaba tarde. Yo sabía de tu truco, pero nunca te decia nada, y esperaba esa media hora haciéndome la dormida, ansiosa por tu millón de besos.
Si digo porque te fuiste, perdería su mágico dramatismo. Dejémoslo en que vaciaste tu parte del placard y, sin mirar por la ventana como hacías cada vez que partías, te largaste. Por eso supe que no ibas a volver. Porque algo te dijo, y me dijo, que era mejor que no volvieras.
Y en la cotidianeidad nos extrañamos. Los primeros tres días dormí con tu almohada entre mis piernas. Y supongo que con algo supliste mis abrazos. Al cuarto cambié las sábanas, tu olor ya no hacía efecto, solo me desvelaba. Al quinto saqué tus libros, los metí en una caja esperando que volvieses por ellos, en algún momento en el que yo no estuviese. Al onceavo saqué tus dvds, tus favoritos de la computadora que compartíamos y te guardé los archivos en un dvd. A las tres semanas ya no quedaban rastros tuyos y supe que no ibas a volver, tiré todas tus cosas. 
Pasado voy a aprender a poner la alarma. Va a ser día impar, va a ser un mejor día para dejarte ir. Porque te voy a dejar ir, si, cada cinco minutos un poquito más, hasta que la media hora se haya completado y sin tus besos, me despierte para empezar de nuevo.


domingo, 17 de julio de 2011

Pozo Ciego



No es que te necesite, pero estoy sintiendo un vacío en mi pozo ciego. Es como un hoyito en un saco de arena. Una permeabilidad en la cañería de mi baño. Algo se está filtrando y no sé dónde está esa gotera que me arruina los pensamientos. Creo que es mi culpa. Nunca supe leer tus actitudes. Siempre me guié por las dos o tres palabras que decías en cada oración, pero no quise notar que las decías de espaldas, mirando hacia abajo, por donde pasaba el hilito de líquido que salía de mi cabeza e inundaba tus alcantarillas.
Es que tengo esa horrible obsesión con las palabras. Podías dejarme esperando por horas en una esquina, o ni siquiera aparecer, pero yo prefería leer una y otra vez el “llego tarde”, borroneado por la poca batería de mi celular y consolándome, por lo menos me habías mandado un mensaje.
Siempre pensé que me dejabas ganar en el pool, y que luego actuabas como mal perdedor para que yo me sintiera bien y me acercase a tu oreja para susurrarte que los perdedores también tienen recompensa. Fue hasta hace poco que entendí que ni siquiera te importaba que los viejos del fondo me mirasen el culo. Solo necesitabas tu cerveza de cinco grados que le mangueabas al chino con la excusa de no tener cambio.
No pensaba que tus silencios y la forma en que tus cejas se contorneaban al escucharme hablar tuviesen tanto sentido. Tanta amargura impertinente. Tanto vacío de atención.
Tendría que haberme fijado más en tus actitudes. En esas ganas locas por dejarme en mi casa lo más temprano posible, de planchar el lado de tu cama que supuestamente “me” pertenecía, cada vez que iba al baño. Tendría que haberme dado cuenta que no era bienvenida. Que te molestaba mi sombra sobre el televisor en el partido del domingo.
En verdad, me di cuenta. No puedo negarlo. Me di cuenta y en la balanza pesaron más tus palabras murmuradas que tu indiferencia silenciada. Pero solo hasta hoy. Hoy, mientras lo pienso, cierro el hoyito de mi cerebro. Ya no gotea más ese líquido espeso que cae cada vez que pienso que te extraño. Porque lo pienso pero nunca lo hago. De a poquito el circulito se va cerrando, dejando de existir y yo me olvido del pool, de las esquinas en las que esperaba y de vos. Por fin me atrevo a confesarte que no es que no te necesite, sino que mi pozo ciego está empezando a esperar otro amor.

lunes, 20 de junio de 2011

Prontos, listos, ya

Un juego de palabras en twitter llevó a una búsqueda inocente en google. Y de ahí a saber que esa frase infantil era un libro. “Prontos, listos, ya” de Inés Bortagaray. Enseguida, el capricho literario quiso tenerlo, mail madiante a mi prima, iba a ser un envío desde las tierras orientales.
Pero esta mañana el razonamiento irracional de una mente con problemas, me despertó temprano. Salí rumbo a Libertad, en busca de los complementos necesarios para preparar a Renata para su próximo viaje. Y la calle corrientes me recibió con la Hernández abierta. Fue sencillo, bastó preguntar y el libro que parecía inexistente en las librerías porteñas apareció como arte de magia. Al principio, mezcla de desilusión y dedos demasiados largos en búsqueda de un tomo cuantificado que me acompañara en los bares madrileños, la mueca de “es demasiado pequeño” apareció en mi cara. Agregándole que la letra era por lo menos un +16, me di cuenta que no me acompañaría más que un par de horas en algún café barrial. Y ahí partí, con una bolsa demasiado grande para tan pocas páginas.
El libro no me desilusionó. Una mezcla extraña de estar leyendo mi infancia y saber que el final agridulce de un comienzo se acercaba. Fueron las palabras, las sensaciones exactas que me hicieron leer lo vivido. Y después todo volvió. Como siempre, la vida real vuelve cuando la última página se termina. Y esa angustia de último sueño, de final despierto, de semiinconsciencia interrumpida. 
Los libros son como mi sonambulismo, cuando los disfruto, cuando los siento, me despierto con la impresión de haber creado un mundo paralelo donde digo lo que pienso y hasta yo desconozco. 


  
 

domingo, 19 de junio de 2011

No soy tu flor



"Sos como una flor, mi flor”, me dijiste mientras revolvías tu café frío. Por lo menos no una natural, pensé. Tal vez una de plástico o una marchita. Pero las tetas no me las hice y arrugas no tengo, así que mejor no soy una flor. Soy una persona. Si eso creo ser, una persona. Por lo menos cuando me pincho me duele.
El otro día leí en una Cosmo vieja de consultorio que la sensibilidad de la piel se corresponde con la del alma. No, prefiero no creerlo, sino mi alma estaría llena de cicatrices y moretones de cajones amorosos puestos en lugares incorrectos y puertas cerradas en dedos de sentimientos. Me niego rotundamente a que mi sensibilidad sea tan superficial como mi piel.
De fondo sigo escuchando el chamuyo del típico "cuantas minas que tengo" y completo mentalmente tus oraciones de libretita de bolsillo. Ese "te quiero a vos, bichito de luz" ya no va. Bichito de quien, si soy un bicho en todo caso seré un bicho mío, de propiedad física e intelectual, y no sé si elegiría exactamente una luciérnaga, viven poco, las suelen atrapar en frasquitos de mermeladas y su muerte más común suele ser la asfixia. Ese "Yo te quiero a vos" que me repetís con una sonrisa de oreja a oreja mientras seguís mirando tu café ahora vacío, es tan falso como tus planteos filosóficos sobre la vida. Hiciste fondo blanco con lo que te quedaba en la taza. Hubiese querido leerte la borra del café pasa saber de una vez por todas que va a pasar.
A ese “te quiero” ya lo escuché miles de veces y creo que solo una de diez fue verdad. Por qué no mejor haces una lista de las cosas que odias de mí y me las gritas mientras nos tomamos un helado. Por lo menos así nos vamos a divertir los dos. Y sí, estoy segura de no ser una flor. Te lo prometo. Creo haberlo comprobado. Tal vez en otra vida.
Tus regalos son siempre incorrectos. Que los bombones tengan relleno de licor me da asco, y si vienen en caja con forma de corazón, peor. Prefiero que me regales la entrada para ir a ver a Silvio Rodríguez que bastante cara está, aun pagándola en cuotas.
Abrís el paquete de Mogul por el lado de los verdes. Te pasaste media hora frente al estante del kiosco tratando de elegir el que tenía menos naranjitas, mientras yo te esperaba paciente. Te metes uno a la boca y con la lengua le sacas primero el azúcar para luego morderlo. No los comes todos, guardas algunos para después de la cena y ni siquiera me ofreces el que menos te gusta.
Tal vez me hubiese convenido ser, no como una flor, pero algo parecido. Un grano de polen en la nariz de un alérgico o un pétalo disecado entre las hojas de un libro, algo que te moleste lo suficiente como para que te dignes a levantar tu mirada y dirigírmela, por lo menos por un segundo. Pero ya está, soy esto. Ahora a vivirlo. No como una flor, pero por lo menos como lo que soy, una persona que en algún momento debe tomar sus propias decisiones, no leyendo tu borra del café, ni esperando a que levantes la mirada, sino eligiendo su propio camino.

(Publicado en el Diario La Unión el 19 de junio de 2011)